Hay una diferencia importante entre atraer inversiones y construir desarrollo. La primera puede quedarse en las cifras; la segunda tiene que impactar en la vida cotidiana de la gente. Esa es, precisamente, una de las claves de la visión económica que impulsa la presidenta Claudia Sheinbaum: que el crecimiento no sea un fin en sí mismo, sino una herramienta para generar bienestar.
Lo que ocurre en Hidalgo, como en buena parte del país, es un buen ejemplo. El Polo de Desarrollo Económico para el Bienestar de Zapotlán ya concentra 147 mil millones de pesos en 130 proyectos y contempla la generación de 191 mil empleos. No se trata solamente de capital que llega, ya que detrás de cada proyecto hay familias que pueden encontrar un trabajo, jóvenes que pueden desarrollar sus capacidades sin tener que irse de México.
Hay algo todavía más importante, a diferencia del periodo neoliberal, ahora, el Gobierno de México está creando las condiciones para que esa inversión genere bienestar. El proyecto contempla infraestructura para recibir empresas de manufactura avanzada, logística, farmacéutica y dispositivos médicos. Y existe el compromiso de que una parte de las contrataciones sea local. Es decir, no basta con que las empresas lleguen; se busca que el beneficio se quede en la región.
Lo mismo ocurre con la reactivación de la planta una planta cementera en Tula. Son 6 mil 500 millones de pesos para modernizarla, ampliar su capacidad productiva y renovar su hospital. Ahí vuelve a aparecer una idea que distingue al proyecto de transformación: la economía no puede separarse de las personas. Producir más debe significar también mejores condiciones para quienes trabajan, para sus familias y para las comunidades.
Durante mucho tiempo se nos quiso convencer de que primero había que hacer crecer la economía y que, algún día, sus beneficios llegarían al pueblo. La historia demostró que eso no ocurre por generación espontánea. Cuando el Estado se desentiende y deja todo a las fuerzas del mercado, la riqueza puede concentrarse mientras millones siguen esperando una oportunidad.
La visión de la Presidenta parte de otro principio. El desarrollo económico debe caminar junto con el bienestar. Por eso los polos de desarrollo no son simples parques industriales: forman parte de una estrategia integral para ordenar la inversión.
Reactivar una planta, construir infraestructura o atraer nuevas empresas tiene sentido cuando detrás de esas decisiones está el rostro de la gente. Esa es la diferencia entre gobernar para unos cuantos y gobernar para todas y todos.
México está demostrando que sí es posible crecer sin abandonar la justicia social. La inversión importa, por supuesto, pero importa más para qué se invierte, dónde se invierte y a quién beneficia. Ahí está el verdadero significado de la reactivación: una economía que no se olvida del pueblo.
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