LXVI LEGISLATURA

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La Ilíada nos recuerda que la guerra es más que un choque de fuerzas, es la irrupción de la incertidumbre en la vida de los pueblos. Homero nos muestra cómo la caída de un líder no se limita al campo de batalla, sino que desencadena resentimientos, alianzas, nuevas confrontaciones que reconfiguran el destino de las naciones.

Como en Troya, pero ahora en Oriente Medio, las decisiones de unos cuantos activan fuerzas que se expanden más allá: milicias que pueden golpear en cualquier parte del mundo, mercados que reaccionan con un petróleo más caro y personas de a pie que rechazan intervenciones militares.

En el poema homérico, los dioses inclinaban la balanza de la guerra a capricho. Hoy, son los Estados poderosos los que definen si el conflicto se expande o se contiene. La épica se convierte en geopolítica y la guerra se mide en cifras y en percepciones sociales.

La mañana del pasado 28 de febrero, Estados Unidos (EE. UU.) e Israel lanzaron contra Irán una operación conjunta, dirigida contra sistemas de misiles, capacidades navales y componentes del programa nuclear del país de Oriente Medio.

En su mensaje, el presidente Trump prometió devastar el aparato militar iraní, eliminar su capacidad nuclear e impulsar un cambio de gobierno. La muerte confirmada del ayatolá Alí Jameneí; del ministro de Defensa, Amir (Aziz) Nasirzadeh, y del comandante de la Guardia Revolucionaria, Mohammad Pakpour, marcó un punto de inflexión.

La respuesta iraní fue casi inmediata: misiles balísticos y drones activaron las sirenas en Tel Aviv y su zona metropolitana; también se reportaron incidentes en Dubái, mientras instalaciones asociadas a fuerzas estadounidenses en Baréin, Catar y Emiratos Árabes Unidos también fueron atacados.

Las embajadas occidentales ordenaron a su personal resguardarse, y el Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní llamó a la población a abandonar las ciudades ante la expectativa de nuevos bombardeos.

A inicios de este año, realicé un análisis sobre la situación interna iraní y advertí que la combinación de crisis económica, protestas sociales, aislamiento internacional y confrontación externa configuraba un escenario volátil. Lo que parecía un conflicto contenido terminó por romper su dique.

Desde la Revolución islámica de 1979, Irán ha sostenido un antagonismo con Washington y una confrontación con Israel. En nombre de esa narrativa, fortaleció su aparato de seguridad, financió milicias regionales y priorizó su capacidad militar. Pero ese rumbo tuvo un costo social elevado: crecimiento económico nulo, inflación y una moneda devastada.

La crisis externa se superpone a una fractura interna. Tras las protestas de enero pasado, una parte importante de la sociedad iraní quedó traumatizada y sin canales institucionales de expresión. Aunque amplios sectores rechazan al régimen, no existe una alternativa política organizada con capacidad nacional.

La ausencia del líder supremo activaría un Consejo de Liderazgo interino, en tanto que la Asamblea de Expertos designa al sucesor. Entre los perfiles que circulan hay figuras de línea dura, como Mojtaba Jameneí (hijo de Alí Jameneí), y moderadas, como Hassan Jomeini.

Aunque EE. UU. elevó el tono, evaluaciones previas advertían que un ataque conjunto difícilmente produciría un cambio total de régimen. En distintos escenarios, la propia Guardia Revolucionaria podría asumir mayor control para preservar la estabilidad interna.

Sin tropas ahí, la capacidad estadounidense para moldear el “día después” es limitada y el riesgo de un vacío prolongado no puede descartarse. En medio del estruendo, debe abrirse la puerta a una transición auténticamente democrática. Si los perfiles internos no ofrecen esa garantía, tal vez sea momento de mirar hacia liderazgos que, aun fuera del país, puedan aportar estabilidad y reconciliación.

Claro que el impacto no es únicamente regional: el estrecho de Ormuz vuelve a ser referencia cotidiana en los mercados energéticos, y las reacciones internacionales reflejan la fragilidad del momento. La Unión Europea llamó a la moderación; Rusia criticó el episodio como evidencia de mala fe occidental; Arabia Saudita condenó las represalias iraníes contra países del Golfo, mientras que milicias aliadas de Irán, como Kataib Hezbolá, advirtieron que podrían abrir nuevos frentes.

México fijó una posición clara de privilegiar la vía diplomática a través de la Secretaría de Relaciones Exteriores. En apego a nuestros principios de solución pacífica de controversias y no intervención, la presidenta Claudia Sheinbaum ha reiterado que la única salida sostenible es el diálogo.

Más allá de cifras y estrategias militares, hay un componente social que no se debe ignorar: la normalización de la guerra como instrumento político erosiona la cultura democrática global. Cuando el derecho a la fuerza sustituye a la fuerza del derecho, la humanidad recibe una mala noticia.

La experiencia histórica indica que las victorias militares no garantizan paz duradera si no hay acuerdos políticos amplios. Las transiciones forzadas desde el exterior rara vez producen estabilidad inmediata. Si no se apuesta por la diplomacia, el conflicto seguirá expandiéndose, y el mundo, ahora más que nunca, necesita menos épica bélica y más diálogo.

ricardomonreala@yahoo.com.mx

X: @RicardoMonrealA

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